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  • Writer's picturenatalia Pérez

No heredamos la tierra


Estoy en la casa y pienso en un pasado lejano de monte. En medio del calor de la ciudad y el cemento, el tacto frío del viento en la cara me roza como un fantasma y el musgo húmedo me palpita en la mano. No siempre hemos vivido así. La comida en la nevera ha pasado por manos y viajes. La mazorca que comí ese día solo pasó por las manos de mi tía que cortó de la planta alta de maíz y era dulce como en los recuerdos de la abuela. 


Lo otro que no es la ciudad aparece como un fantasma en estos adentros domésticos. Una animalidad que añora un espacio y un roce material, vivo y diverso que no tiene.


Cuando estaba pequeña pensaba que la finca de San Pedro era nuestra. Tal vez porque culturalmente parecía lógico que las familias siempre tuvieran una finca a la que iban el fin de semana. Nosotros casi no ibamos a la que yo creía nuestra pero tampoco me gustaba ir  porque no había nada que hacer. Ansiaba caminar y perderme en el pasto pero todo estaba cercado debido a los pleitos entre los hermanos de mi abuela luego de la muerte del padre.


Mi abuela heredó un par de lotes que tuvo que vender para resolver otros problemas familiares; se sigue refiriendo a San Pedro como su casa aunque nada allá le pertenezca. 


Cuando estaba pequeña y la tierra no estaba dividida ni cercada, la abuela caminaba largo en busca de hierbas y frutos que habían quedado de otras cosechas. Rastrojiaba y con lo que recogía se hacía comiditas. No era una actividad que realizara por necesidad, comida siempre hubo, era un juego. En una ollita que su mamá le había regalado preparaba los ingredientes encontrados y se los comía hasta quedar repleta. Luego se dormía en el pasto frío.






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