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  • Writer's picturenatalia Pérez

Esta voz que una vez, me sonó a hueco


El tío era cascarrabias, pero tengo una foto de mi cumpleaños número tres en la que se ríe muy lindo, invertido en el momento. En la foto es menor de lo que yo soy ahora. Algo de la experiencia comienza a traslaparse, algo se entiende mejor.


Los hombres de la casa tenían madrigueras por habitaciones y dormían a horas inusuales en las que nos tocaba estar calladas. Salían al baño y volvían al cuarto o si estabamos de malas nos quitaban del televisor y se ponían a ver cosas que no queríamos ver.


Cada madriguera tenía una cortina, la de él era la única que tenía puerta y adentro muchos libros. Cuando estaba de buen genio los compartía conmigo y me aconsejaba qué leer. Había meses en los que él vivía en otras partes y yo aprovechaba para robar los que más me gustaban. A él no le importaba.


Camino por las mismas baldosas quebraditas que suenan bajo mis pies con sonidos sordos que le permiten saber a cualquier habitante de la casa quién estaba dónde. Entro a su cuarto y todavía tiene ese olor dulce que creo que es el olor de la quimio. Ya no hay más que una pila de libros y encuentro uno que me leí solo para que él no me preguntara más si ya lo había leído. La dama del perrito. Me lo guardo en el bolso.


Un cuerpo que colapsa y ya no tiene cómo volver, impulso de los órganos que piden como último antojo de la vida jugo de maracuyá. Ácido y amarillo como las naranjas que me cuenta que robaba de las fincas llegando a San Felix.


No hubo tiempo para un último café en el centro, pero sí para ir a la Cumbre, a la casa que no conocí donde vivieron mi mamá y él cuando eran pequeños, para pasear por Bello en los años setenta cuando los vecinos eran familia y las caminatas parecían interminables.


Qué país se cierra con la muerte de sus historias, qué lazo primario y profundo se corta.


Adiós nonino.






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