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Elogios

CARLOS MARIO

El tío era cascarrabias, pero conmigo no. Tengo una foto de mi cumpleaños número tres en la que se ríe muy lindo, como invertido en el momento. En la foto es menor de lo que yo soy ahora. Algo de la experiencia comienza a traslaparse, algo se entiende mejor.

Las únicas fotos de celebración que hay en el álbum son de esos cumpleaños. Se ven personas alrededor del niñx en cuestión, manos aplaudiendo cerca de caras sonrientes que cantan la canción de siempre.

Los hombres de la casa tenían madrigueras por habitaciones y dormían a horas inusuales en las que nos tocaba estar calladas. Salían al baño y volvían al cuarto o si estabamos de malas nos quitaban del televisor y se ponían a ver cosas aburridas que no queríamos ver.

Cada madriguera tenía una cortina, pero la de él era la única que tenía una puerta y adentro muchos libros que me prestaba con insistencia.

Camino por las mismas baldosas quebraditas que suenan bajo mis pies con sonidos sordos que le permitían saber a cualquier habitante de la casa quién estaba dónde. Entro a su cuarto y todavía tiene ese olor dulce que creo que es el olor de la quimio. Ya no hay más que una pila de libros y encuentro uno que me leí solo para que él no me preguntara más si ya lo había leído. La dama del perrito. Me lo guardo en el bolso.

No hubo tiempo para un último café en el centro, ni para volver a la Cumbre en sus historias, a la casa que no conocí, donde vivieron mi mamá y él cuando eran pequeños, tampoco  para pasear por Bello en los años setenta cuando los vecinos eran familia y las caminatas parecían interminables.

Qué país se cierra con la muerte de sus historias.

En la despedida de mi tío, todos nos reunimos en el cuarto de hospital. No hay fotos de ese día,  pero en mi mente las imágenes se parecen a las de los cumpleaños de cuando estábamos pequeños. Estamos todos alrededor de la cama del hospital intentando sonreír y se ven manos que sirven whisky, manos que tocan al tío, manos que se toman entre ellas.

La abuela lloraba y las tías la regañaban. Sonaba naranjo en flor y el tío daba discursos de despedida rimbombantes.

Un cuerpo colapsa y ya no tiene cómo volver, impulso de los órganos que piden como último antojo de la vida jugo de maracuyá. Ácido y amarillo como las naranjas que me cuenta que robaba de las fincas llegando a San Felix. Creo que no se fue sediento.

Adiós nonino.

Tal vez un día, yo también mirando atrás...

Como vos, diga adiós... No vá más...!


COCO

Coco llegó a la casa un noviembre de 2009 semanas después de que el abuelo muriera. Llegó a tirar puertas, ladrar/gritar, morder y despedazar. Se enojaba si no le dábamos lo que quería y en todo eso se parecía mucho al abuelo. Llegamos a pensar que tal vez Mario Villegas había reencarnado en perro, o algo así.

Me gustaba bañarlo porque se quedaba quieto y lo podía acariciar con tranquilidad mientras se secaba.

Tampoco se puede decir que el perro fuera solo furia. A menudo lo veía contemplativo, oliendo olores que le llegaba de afuera, mirando entre los mechones de pelo rubio que le caían en los ojos, silencioso y paciente.

El último día pensé que tal vez estaba bien porque luego de tomar agua se paró en el umbral de la cocina y se quedó mirando hacia afuera un ratico.

El último día comió pollo y pan, durmió cerca de nosotros mientras veíamos televisión. Me despedí por si las moscas, le dije al oído que había sido el mejor perro, que se fuera tranquilo.

Al despertar encontré un mensaje en el celular: Mami, Coco acaba de irse.

He estado rearmando las partes de perro que guardo: un sinnúmero de fotos, las caminatas por Santa Ana hasta donde la abuela, la vez que sonó Folhas secas de Elis Regina y él levantó las orejas escuchando atento a la canción, lo triste que se ponía cuando le quitabamos el collar.


El agua en la huella de la vaca